DIGGER. Una extraña mezcolanza

No queda claro qué pretendió hacer Alejandro González Iñárritu, al dirigir al supornova Tom Cruise en Digger, una cinta que divide opiniones y que no deja indiferente a nadie.
Independientemente de sus intenciones, lo que se ve en pantalla es una pretenciosa satira sobre la manipulación del discurso oficial en el contexto del desastre mundial provocado por el cambio climático.
La película más esperada del año, que junta a dos colosos de la industria fílmica, resulta una abigarrada mezcolanza de intenciones, que terminan por extaviarse por una diarrea de discursiva de personajes que no se callan; se observa el interés por superponer reflexiones afiladas, de cine político con humor cáustico.
La decepción en taquilla va aparejada con la escasa claridad de las intenciones. Hay dos capas de realidad en los que transcurre la anécdota, alternándose de una forma tan abrupta que puede resultar desconcertante, como alusión al humor absurdo al estilo Mel Brooks, sin alcanzar esas alturas.
Iñárritu saca algunas argucias estilísticas, para revelar sus intenciones, con una narrativa inusual que en el pasado le resultó exitosa con Birdman (2014), cargada de surrealismo, como el personaje que vuela en sus alucinaciones histriónicas, o Bardo (2022), un ejercicio de ego con pasajes de realidad alterna, para reflejar la chocante tristeza de un documentalista (Iñárritu proyectado) al saberse exitoso y envidiado.
Acá, el truco está en la realidad que se desdobla en forma de montaje teatral. Y es ahí, en la ficción, donde está el verdadero drama, más que en la realidad. En la puesta en escena, el viejo multimillonario Digger Rockwell, le permite a Cruise hacer uno de los grandes papeles de su brillante trayectoria, al dejar de lado, aunque sea como una pausa, su traje de héroe de acción. Desde Magnolia (1999) no se le había exigido tanto rigor dramático. Desafortunadamente, su trabajo, en lo individual está muy por encima de toda la película.
Rockwell es el hombre más poderoso del mundo, un petrolero con intereses en todo el planeta. Sus cuentas bancarias están desbordadas, pero eso no le quita lo ridículo. Convive con un gato longevo sin control de los esfínteres, anda en calzoncillos y en botas y, sin camisa, se ve como un saco de carnes bofas.
Realmente se caracteriza con fe y humildad Tom Cruise, uno de los hombres más más apuestos de la historia del cine, transformado en un carcamán de aspecto repulsivo. Es una caricatura el personaje, pero Cruise consigue contenerse para darle el toque de milloneta obsceno con odioso autocontrol.
Una explosión en una de sus instalaciones productoras amenaza con crear un desastre mundial, con millones de muertos.
Este tipo, entonces, se reúne con el Presidente de Estados Unidos, Compson (Goodman), un tipo con enfermedad terminal, para tratar de encontrar una solución, ante la hecatombe inminente. Lo que les queda es a los políticos y empresarios es la manera de lavarse la cara y contarle al mundo que lo que pasó no fue por culpa de los potentados, ni la industrialización o la sobreexplotación de los recursos.
Pero la historia escenificada se suspende y se alterna con eventos detrás del escenario, donde la tensión baja considerablemente, pues la vida del actor Curtis Markson es mucho menos interesante, con su drama verdadero de su hija que va en trayecto aéreo y no puede ser localizada.
La gran escena de la película es la presentación de Digger en el Parlamento Europeo. Los representantes populares forman un reproche coral, pero no pasan de la palabrería a la acción. Mediante un largo monólogo, el viejo petrolero expone una serie de sofismas para explicar que la culpa de la catástrofe ecológica que se avecina no es de Rockwell United, si no de la voracidad del mundo, que no puede vivir sin la energía fósil. Al exhimirse de responsabilidad, plantea que los consumidores terminan por aniquilarse incapaces de vivir sin petróleo, y no por el hambre imparable de los magnates por explotar los recursos no renobables del planeta.
De regreso a la realidad, Markson se siente insatisfecho con su propia representación. La honestidad le hace ver que el tema del desastre climático no puede ser tratado con humor, como una sátira política, que es exactamente el tono que se maneja con la obra de teatro. La producción ha optado, desde el principio, por ver con una sonrisa triste lo que provocó la ambición de los plutócratas.
Iñárritu coció demasiado y se le quemó su amasijo de situaciones absurdas. Todo es ruidoso y caótico. Él, Sabina Berman, Alexander Dinelaris Jr. y Nicolás Giacobone hicieron un guión de humor sin ser humoristas. Puede ser que se hayan sentido envalentonados, porque son prácticamente el mismo equipo que ganó el Oscar por guión original con Birdman.
Lo cierto es que la intención jocosa se les escabuyó, para dejar una estela de situaciones que no terminan de cuajarse en lo que debió ser una comedia orgánica de elevado presupuesto; todo se convirtió en un gran espectáculo visual, comandado por la fotografía preciosa de Emanuel Lubezki, pero temáticamente desenfocado por su equipo de guionistas.
En el epílogo, la historia se recompone para mostrar lo que son las dos narrativas unidas, en una realidad distópica que agita aún más su intención inicial; las risas dan paso a la meditación sobre lo que puede pasar a toda la gente si permite, en el futuro, que sigan encumbrados los que gobiernan el destino de las naciones desde la economía petrolizada.
La actual es la época precisa para hacer una película como Digger. El director mexicano eligió un buen tema, pues nada ocupa mas atención en la agenda global que los problemas que genera la industrialización imparable, y la extracción desordenada de las riquezas de la Tierra, en detrimento de la salud del planeta.
Esta producción es su pronunciamiento personalísmo para llamar a la unidad mundial y salvar el planeta. Pero parece que el grito de alerta se quedó en un llamado panfletario, para tomar concincia a través de una opereta bien filmada.
Digger es una película de aspiraciones descomunales, pero pequeña en resultados.
@LucianoCampos G

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