Un hombre conduce rumbo a su casa en la media noche. Es acompañado de su esposa embarazada y su hija pequeña.
Inesperadamente atropella a un perro.
Lo que parece solo un inconveniente se convierte en toda una reacción en cadena que amenaza la vida de todos los involucrados, por motivos de resentimiento y venganza.
Un simple accidente es la más reciente obra provocadora del director iraní Jafar Panahi, encarcelado por sus ideas en su país y comprometido con la causa social de la libertad, y por oposición al régimen. No dice que el drama ocurre en Irán, pero todas las coordenadas apuntan hacia allá.
En este sencillo pero profundo drama, el incidente detonador del perro hace que Eghbal pida ayuda en un taller cercano, donde es reconocido, con horror, por Vahid, un mecánico que permanece oculto. Al día siguiente este hombre persigue al que acudió en busca de auxilio y lo secuestra.
No se conocen las razones, pero pronto se sabrá que existe un resentimiento oculto que busca una salida homicida. Pero para concretar el plan se requerirá la autorización de otras personas, lo que hace que el conflicto crezca en gravedad y en dimensiones.
Con mucho dolor y algunos toques de humor, se va desarrollando esta situación que a veces parece el sainete de una venganza que va a avanzando a trompicones. Porque si bien hay un sentimiento de revancha de personas que fueron atormentadas y lastimadas por un desalmado torturador, se trata de víctimas que no están habituadas a la violencia, que sí tienen una conciencia y un corazón que les impide actuar como sus atormentadores. Por eso incurren en torpes decisiones que los van hundiendo cada vez más en un problema que parece no tener más remedio que la ejecución sumaria, en el nombre de una justicia que se le niega a la población civil en los tribunales.
Para todos los que alguna vez fueron afectados por Eghbal, un ser considerado un monstruo, la confrontación les servirá como una jornada de desahogo, reconciliación y descubrimiento de emociones soterradas. Resulta extremadamente molesto que este tipo pase como un hombre de familia después de haber incurrido en atrocidades en el nombre del régimen. Pero así como él maltrató a hombres y mujeres, no se le puede dar el mismo trato, pues sería como rebajarse a su estatura miserable.
¿Qué hacer, entonces? El director Panahi juega con la doble moralidad entre personas que sufren por violaciones a sus derechos humanos, pero que están dispuestas a atropellarlos si se trata de hacer que pague el agresor. Entre dilemas permanentes y reflexiones sobre lo que se debe hacer en estos casos, la tensión se incrementa, pues se llega el momento de tomar una determinación extrema.
Estas personas dañadas en el espíritu nunca pierden su humanidad y llegan a extremos increíbles, y hasta de ingenuidad peligrosa, para cumplir con su deber de gente decente.
El realizador duplica el valor de su obra por hacer el trabajo en su propia tierra, donde ha sido perseguido por el Gobierno por su permanente denuncia, que ha sido señalada por el oficialismo “propaganda contra el sistema”. Su cine austero, con sesgos de documental, resulta incómodo para los gobernantes que no quieren verse reflejado por estas producciones que necesariamente son de exportación, hechas por un realizador mediático, que llama mucho la atención y que ha sido galardonado por su afilada mirada crítica.
En Un simple accidente, plantea numerosas interrogantes, la principal de ellas es el centro del drama: ¿Debe la víctima recurrir a la violencia que repudia para ajustar cuentas?
Es inquietante y magnífica.
@LucianoCampos G



