En este pueblo, un grupo de niños, todos de un mismo salón de clases, han dejado sus hogares a la misma hora de la madrugada. Salieron sin dejar rastro y no han sido encontrado. Excepto uno que, misteriosamente, se ha salvado y aún va a la escuela. Pero permanece bajo la mirada de compañeros y padres que no consiguen explicarse qué lo hizo invulnerable y cómo su permanencia se relaciona con las ausencias.
La hora de la desaparición es un inteligente thriller detectivesco de suspenso, con algo de gore, que basa su encanto irresistible en su narrativa caleidoscópica y episódica. La inquietante trama de trasfondo sobrenatural proporciona una permanente sensación de angustia, pues el problema al que enfrenta la población de este lugar tiene una explicación que sería prácticamente imposible de encontrar, a no ser por personajes obstinados que deciden emprender la acción, pese a las resistencias permanentes de sus vecinos.
La siempre atractiva Julia Garner es la maestra Justine, que un día llega al salón de clases y encuentra que sólo acudió Alex. Padres, policías y directivos lo interrogan para encontrar la razón de esta situación considerada un secuestro colectivo de naturaleza inexplicable. Nada surge de las pesquisas.
El director y guionista Cregger lentamente va armando su caso, presentándolo desde diferentes ópticas, que se van juntando como el esbozo de un gran rompecabezas. A veces con dilación exasperante, retrasa la explicación de las desapariciones. Se demora en explicar las circunstancias personales de los involucrados, para saber qué hacían en el momento en que ocurrió el incidente. Los detalles perdidos comienzan a tomar relevancia.
Junto a la búsqueda de los niños ocurren situaciones anómalas en la comunidad, pero parece que nadie une los puntos. Justine ha sido desacreditada y su voz no tiene relevancia entre los vecinos que la repudian e insinúan su complicidad.
Hasta que aparece en la historia un personaje extraño y disonante, que le da sentido a todo el caos, y proporciona las respuestas que faltaban para armar el cuadro y entender cuál es el origen del caos.
El tono permanente es lúgubre y desolador. Las casas aisladas en un suburbio de clase media alta proporcionan una tensa tranquilidad. Los senderos verdes parecen un laberinto donde hasta los vecinos se pueden perder. En ese lugar es de donde salieron los niños, hacia un lugar que permanece oculto. Nadie sospecha que en los tiempos actuales puedan ser utilizadas las fuerzas del más allá, con fetichismo y vudú, para manipular voluntades.
La desesperación prevalece. La incredulidad y la frustración han dejado una impronta profunda en la comunidad. Se ha dejado de buscar a los chicos, aceptándose su ausencia. Pero las señales para encontrarlos están siempre ahí, en espera solo de que alguien con un poco más de inteligencia y agudeza pueda abrirse paso entre la confusión, para aportar un poco de esperanza. En el fondo, lo que parece un sencillo, aunque angustiante cuento de horror, tiene sus matices de drama, con una mujer que sufre en lo personal el aislamiento a causa del repudio de todos, lo que la lleva al refugio del alcohol y de las relaciones prohibidas. Difícilmente será escuchada, si aporta información valiosa sobre este caso policiaco de resultados frustrantes.
La hora de la desaparición remite a los miedos colectivos de castigos de fuerzas oscuras contra los que no hay defensa. La comunidad aquí enfrenta el gran temor que hay al interior de cada familia. Los hijos pequeños son el blanco de una entidad desconocida e inmisericorde. Las esperanzas de encontrarlos son escasas.
Es una gran cinta de horror, con grandes dosis de suspenso.
@LucianoCampos G



