Ya cumplimos

Eran algo así como las cuatro de la tarde cuando, rompiendo con una larga temporada sin publicar nada en mis redes sociales, le tomé una fotografía a mi dedo pulgar derecho manchado con tinta indeleble, prueba de que había emitido mi voto el pasado 6 de junio.
Compartir este momento con los 182 amigos que tengo en Facebook (no son pocos, son selectos), me dio mucho orgullo, pues considero que es nuestra obligación acudir a las urnas y externar nuestra opinión sobre el rumbo que debe de tomar el país, el estado y la ciudad donde vivimos.
Mi orgullo fue mayor cuando mi esposa Oriana, quien acudió a votar por su cuenta, pues yo anduve todo el día ocupado con la cobertura del proceso electoral; me mandó la fotografía de la pequeña Irene depositando en la urna uno de los votos de su mamá.
Me da gusto que mi bella niña vaya aprendiendo de la importancia de participar en las elecciones, me agrada que se emocione con acudir a la casilla y cumplir con todo este ritual ciudadano.
Al hacerlo, creo que estamos cumpliendo con la obligación cívica que como padres tenemos hacia nuestra hija.
De regreso a la oficina no faltaron los compañeros que me preguntaron por quién había votado y, como nunca he creído que esta información pueda considerarse secreto de Estado, les compartí que para la gubernatura lo hice por el PRI, para la alcaldía por el Movimiento Ciudadano y, de plano, anulé mi voto tanto para las diputaciones locales como las federales.
Ahora que comparto este dato creo necesario explicar mi decisión por si a alguien le interesa, así que ahí va:
Para la gubernatura siempre creí que Adrián de la Garza tenía una mayor capacidad para cumplir con el cargo, existe algo en la figura de Samuel García que no termina de convencerme y, ahora, espero que me demuestre que estoy equivocado.
No voté por Samuel porque aunque respeto su triunfo, no me gusta su discurso con ese regionalismo tan exacerbado. Yo apenas tengo algunos años viviendo en Nuevo León y aunque es un terruño al que le estoy agarrando mucho cariño, me ofende y me siento aludido cuando el muy seguro próximo gobernador quiere vendernos la idea que la gente de aquí es mejor que la del resto del país.
Esta parte del regio, que Samuel ha sabido explotar, es la que nunca me ha gustado de esta región. Por eso no voté por él.
Otra vez, espero que todo eso haya sido solo un discurso y me convenza de que estoy equivocado respecto a su persona.
Para la alcaldía voté por Luis Donaldo Colosio Riojas pues así como lo he entrevistado en tres ocasiones, también tuve la oportunidad de hacerlo la misma cantidad de veces con su contrincante, Francisco Cienfuegos.
Aquí la cosa fue hacer un simple ejercicio de comparación y, la verdad, me gustaron más los conceptos de Colosio Riojas, así que decidí apoyarlo para que ganara la “rifa del tigre” que es convertirse en el alcalde de la capital de Nuevo León.
En verdad espero que los conceptos del próximo presidente municipal sean mucho más que simples palabras, la ciudad lo necesita.
La decisión de anular mi voto para las diputaciones locales y federales fue casi un movimiento en automático.
A lo largo de los tres meses de campaña no pude sino sentir pena ajena y en ocasiones unas ganas enormes de regresar el desayuno, cuando me enteraba de las peripecias y discursos de los aspirantes a representarnos en los congresos.
Ninguno de los que vi en la boleta tienen para mí las credenciales o la capacidad para tener una posición en un espacio tan importante como lo son los poderes legislativos local y federal.
Es por eso que no batallé nada para tomar mi Sharpie color azul (llevé mi propio marcador, por aquello de la pandemia) y crucé con una enorme equis toda la boleta, anulándola.
Dudo mucho que los ganadores en esta elección vayan a demostrarme que me equivoqué en invalidar mi voto.
Es más, creo que más tarde que temprano, van a salirnos con las tradicionales maromas, desfiguros y ridículos a los que no tienen acostumbrados los diputados en este país, sin importar el partido al que pertenezcan. Aún así estoy contento.
Mi familia y yo cumplimos con nuestra obligación cívica de acudir a las urnas, lo que nos da el derecho de quejarnos, de exigir más de quienes van a ganar unos fabulosos salarios por representarnos en el gobierno.
La mancha en mi dedo pulgar aquí sigue, igual que mi deseo de que mi voto haya servido de algo.

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