El verano de 1974 inició con una alta temperatura ambiental como solía ocurrir en Nuevo León, mucho más que ahora, en aquellos años, antes de que se hablara del cambio climático o efecto invernadero. El clima cálido, por otra parte, se asoció a la elevada emoción que produjo el 19 de mayo el ascenso del Club Tigres a la Primera División del futbol profesional en México y a la realización de la Copa del Mundo en Alemania, del 13 de junio al 7 de julio, con su intensidad de noticias deportivas y de todo tipo que nos llegaron en vivo y en directo, a pesar de que México no asistió. Los anfitriones ganaron el campeonato en un juego final de antología contra la llamada “Naranja Mecánica” de Holanda.
En ese escenario de fiesta para los Tigres, llegó el momento de la primera fecha del torneo de liga, protagonizando el primer Clásico Regio el 13 de julio, a las 5 de la tarde, cuando los dirigidos por José “Che” Gómez aún celebraban la forma como derrotaron a Unión de Curtidores y a la Universidad de Guadalajara en el Estadio Tecnológico tapatío. Pero había que dejar atrás las imágenes de aquel “juego del terror”, cuyo marcador global de 2-3 trataron de desvirtuar los porros y malos aficionados de la capital de Jalisco. Y de ahora en adelante había que medir fuerzas contra los Rayados de Monterrey arrojando la semilla de lo que vendría a constituirse en un Clásico apasionante del futbol local, con trascendencia nacional después de muchos años.
Ese día los Tigres también dieron de qué hablar. Les quedó cuerda del último partido contra los “Leones Negros”. La garra aún estaba bien afilada porque a pesar de que los pronósticos estaban en su contra, por ser el equipo benjamín de la máxima categoría, dieron el campanazo al empatar a 3 goles convirtiendo en un caldero de emociones el Estadio Universitario, que, por cierto, era también la casa de los Rayados desde 1971 en que su Presidente Alberto Santos de Hoyos pidió permiso a don Eugenio Garza Sada para dejar el Estadio Tecnológico.
Yo estuve ahí. Fui testigo de las incidencias de un encuentro que era prolongación histórica de otros Clásicos entre Rayados y Tigres pero en la división inferior. Viví de cerca el nacimiento de un Clásico que no era como el protagonizado entre los albiazules y los Jabatos por más que quiera uno darles su lugar en las efemérides futboleras de este terruño. No. No. Hay que enfatizar que el 13 de julio de 1974 empezó la construcción de una nueva etapa de los dos equipos de aquí y que sus duelos han dejado huella a partir de esa fecha por una u otra razón. Yo estuve ahí y fui testigo de la presencia de unas 50 mil personas entre abonados y aficionados con boleto comprado, según reporte oficial. Y aunque no hay imágenes de la TV que lo confirmen, yo tengo fotografías de que no había ni un hueco en las tribunas. ¡Era un Clásico!
El árbitro del partido Enrique Mendoza Guillén me platicaba mucho tiempo después que ese día ni se imaginó la trascendencia que tendría ese primer juego entre Tigres y Rayados, que abrió el telón de un espectáculo único en la región. Ni Alejandro Izquierdo Bueno, el carismático defensa izquierdo de los universitario, tuvo conciencia del valor del primer Clásico Regio, en que a él le tocó frenar al veloz Nilo Acuña, según lo ha repetido una y otra vez en entrevistas a un servidor y a los medios deportivos en general. Y ni qué decir que el anotador, al minuto 21, del primer gol, Juan Ugalde, debió abrir los ojos años después para saber que era parte de la gran historia de estos duelos. Ni se pensó, al festejar, que ésa no era cualquier anotación a pase de Juan Manuel Olague.
Pero tampoco supo entonces lo que era fallar frente a la portería rival Alfredo “El Alacrán” Jiménez, monumento de goleador de los Rayados que luego vestiría también el jersey de los Tigres. Su cabezazo, al inicio del juego, estrelló el balón en el larguero y se hubiera llevado el mérito que -ya dijimos- consiguió Ugalde a los 21 minutos de acción. El segundo en anotar fue Francisco Solís que le devolvió la respiración a los albiazules al minuto 27, tras de que Juanito González hizo un soberbio disparo que atajó René “El Popeye” Trujillo solamente para que le quedara para el remate a Paco, quien volvió a horadar la portería de José Luis Brizuela a los 40, a pase de Juanito González.
SEGUNDO TIEMPO
Camino al vestidor para la charla con sus pupilos en el vestidor, José “Ché” Gómez dio una entrevista muy breve a un lado de la portería y dijo que no bajarían la guardia e irían por el triunfo. Bla, bla, bla… Sin embargo apenas reiniciado el encuentro otra vez resaltó la figura de Francisco Paco Solís quien recibió un pase de Pedro Damián para ceder el esférico a Alfredo Jiménez y que éste se sirviera fusilando al portero Brizuela. Parecía el epitafio en la tumba de los Tigres. Era un pesado 3-1 de los debutantes en Primera División frente a los experimentados jugadores de Ignacio “Gallo” Jáuregui.
Confiados en su dominio y alentados por su numeroso público que ya tenía la costumbre de verlos jugar en el Estadio Universitario, los Rayados cedieron en su intensidad sin tomar en cuenta la garra felina. Así es que a los 63, en un tiro de esquina cobrado por Rodolfo “El Titino” Montoya fue mal rechazado por el portero Javier Quintero Morones (quien después también sería Tigre), dando oportunidad al Alberto “Tubo” Rodríguez de poner el marcador 3-2. Y cuando el Monterrey pensaba que nadie rompería su cerrojo defensivo, lo puso en aprietos una descolgada de José Luis Puente por el extremo derecho, y aunque el disparo a gol de éste fue desviado por la defensa, Marcos Menéndez Monterrubio anotó a los 83 el 3-3 inolvidable y con sabor a gloria para el equipo que los vaticinios consideran una víctima de las contrataciones millonarias de Alberto Santos de Hoyos. Y sí, en el papel era un rival muy débil, pero en la cancha fue otra cosa el 14 de julio de 1974 pues todavía estuvieron a punto de ganar con un trallazo de José Luis Puente al estrellar la pelota en el poste.
Cayó la tarde. El resplandor del sol iluminó las áreas más desprotegidas del estadio, porque aún no se decretaba el cambio de horario que alarga en la temporada estival los candentes rayos del astro rey. La pasión selló desde entonces y hasta nuestros días esta clase de choques “fraternos”. Vinieron las entrevistas. El gozo de los auriazules contrastaba con el ceño fruncido y la seriedad de Magdaleno Cano Ferro, Guaracy Barbosa, Nilo Acuña y “Tano” Bertocchi, sin dar pie al sentimiento de una derrota. La gente aplaudió el esfuerzo de ambas escuadras y los chorros de sudor inundaban el rostro de los más entusiastas de los Tigres que no lograron lucir sus pocos banderines en el graderío. Escasas fotos en color muy diluido pero muchas en blanco y negro son prueba en los archivos de suceso tan significativo para el futbol regional. Pero curiosamente no he podido ver grabaciones de TV.
En el segundo Clásico, el 4 de enero de 1975, los Rayados ya se pudieron quitar el sabor agridulce del anterior 14 de julio al ganar como locales en el Estadio Universitario por 2-1, con goles de Nilo Acuña y Alfredo Jiménez, mientras que por Tigres anotó “Tubo” Rodríguez, y en el tercero, de visitantes el 23 de agosto de ese año, se despacharon con la cuchara grande al son de 4-0. (Paco Solís, Luis Montoya, Romeo Corbo y José Luis Saldívar). Pero para entonces ya los jugadores universitarios eran más conocidos de su afición y no llegaban al estadio en camión de ruta urbana, por su cuenta, como sí lo hicieron en el primer Clásico, sin concentrarse en ningún hotel, mientras que los del Monterrey ya contaban con autobús propio y un año después inaugurarían sus instalaciones en El Cerrito, Villa de Santiago. v










