Silencio mortal


Durante los últimos años las violaciones son el pan de cada día de los vecinos de Juárez; antes de la muerte de Ana Lizbeth ya había diversos casos de delitos sexuales, que si bien no terminaban en asesinato, aterrorizaban a la población.

Luego de la tragedia que sacudió a la sociedad regiomontana con el secuestro y asesinato de la niña Ana Lizbeth Polina Ramírez, los habitantes de la colonia Vistas del Río ya no quieren saber nada del asunto y siguen su vida “normal”.
Son tantas cosas las que suceden en ese rincón del municipio de Juárez, Nuevo León que sus habitantes ya aprendieron a no ver ni escuchar nada, buscando mantenerse alejados de los problemas.
“Aquí nade ve ni escucha nada”, expresó un vendedor de tacos que se ubica al exterior de la caseta de la ruta 527 en la calle Vista del Cielo, en donde laboraba la madre la niña Lizbeth.
“Tengo viviendo aquí más de 10 años, si supiera todo lo que sucede no me lo creería”, añadió con un gesto de resignación en la cara, mientras se secaba el sudor con una servilleta.
Y es que el secuestro y la muerte de la niña de 8 años, Ana Lizbeth, no es el primer caso contra los habitantes de la colonia Vistas del Río.
Hace casi dos años se dio a conocer -a través de diversos medios- la detención de Sergio Iván “N”, un obrero de 30 años, quien confesó que del 2013 al 2016 cometió al menos 10 violaciones.
Sus víctimas eran mujeres adolescentes y madres jóvenes de las colonias vistas del Río y Terranova, a quienes amenazaba con un cuchillo y las obligaba a tener relaciones sexuales.
Años atrás, en la época de la guerra contra el crimen organizado, además de sufrir extorsiones, cobros de piso y agresiones, los habitantes de ese sector popular -en especial las mujeres- también sufrían de ataques sexuales.
Debido a que las autoridades estaban enfocadas a combatir crímenes como extorsión, secuestros, narcotráfico y otras cuestiones federales, los delitos sexuales poco a poco fueron a la alza.
En ese tiempo los vecinos se organizaron para combatir las agresiones y montaron una guardia con armas como piedras y palos.
La suerte les sonrió cuando en el 2016 fue capturado Sergio Iván, quien sólo confesó 10 crímenes, sin embargo se cree que fueron más de 20 las agresiones contra mujeres.
A pesar de la problemática, la mayoría de los vecinos permanecían indiferentes hasta que les tocaba vivir la misma situación o alguna similar.
Esa misma indiferencia fue la que tal vez llevó a la muerte de la niña Ana Lizbeth Polina Ramírez, cuando nadie fue capaz de impedir que un completo desconocido terminara con la inocencia y los sueños de una pequeña.
Así apareció Juan Fernando “N”, quien ya había estado preso por más de siete años acusado de delitos sexuales y salió a las calles de Monterrey y el área metropolitana en el 2011.
Para el 2014 nuevamente fue acusado de secuestrar y violar a una menor en el municipio de Santa Catarina y aunque también se ofreció una recompensa por más de 200 mil pesos, jamás se ejecutó la orden de aprehensión.
Cuatro años después volvió a delinquir, o al menos fue el delito que se hizo público -si es que cometió otras atrocidades-, para además terminar con la vida de la pequeña Ana Lizbeth.
Juan Fernando llegó a la calle Vista del Águila Real en la colonia Vistas del Río cuatro días antes de cometer su crimen.
En “silencio” vivió cuatro días sin que nadie pudiera detectar alguna actitud sospechosa.
Al tratar de saber cómo era la vida después de la tragedia que enlutó a toda la zona metropolitana de Monterrey el pasado 17 de julio, los vecinos de la colonia Vistas del Río se limitaban a responder con una vista perdida en el horizonte.
Sólo un taquero, quien no quiso revelar su nombre, aseguró que desde hace más de 10 años viven aterrorizados por diversas cuestiones.
“La gente de aquí no quiere saber nada, si ven algo es como si no pasara.
“Uno y que otro son los que levantan la voz, pero si tu preguntas que es lo que está mal, nadie te dice nada”, volvió a señalar el comerciante de comida.
Antes del secuestro y asesinato de la niña Ana Lizbeth, el recorrido de las patrullas por Vistas del Río era casi nulo, ahora entran con frecuencia a la colonia, recorren dos o tres calles y salen rápido a otros sectores.
El domicilio que habitó el presunto secuestrador y asesino -durante tres días- antes de cometer su crimen, aún es custodiado por policías municipales.
Algunos se preguntan, ¿cómo no vigilaron antes de la tragedia, cuando se tenían varios antecedentes de violaciones en ese fraccionamiento?, la respuesta aún no la encuentran los vecinos.
También el terreno baldío en donde fue encontrado el cuerpo de la pequeña Ana fue desescombrado, al igual que el parque que se encuentra entre las calles Vista del Cielo, Vista del Huizache y Vista de la Primavera.
“Cómo dice el refrán: ‘Después de ahogado el niño, a tapar el pozo’, cómo no se preocuparon antes, ahora si anuncian que van a regenerar las plazas y cuanta cosa”, expresó inconforme el vendedor.
El merodeo de las patrullas se incrementa cuando los niños van a la escuela, quienes además van escoltados por sus padres o algunos vecinos que cuidan de ellos mientras los progenitores trabajan.
Con una sonrisa en el rostro, algunos pequeños no entienden de lo que sucedió en su colonia, esa que ven como el hogar que les dieron sus padres y en donde pasan los mejores momentos junto a sus amigos.
Para esos pequeños no existe mejor lugar para vivir que el recorrer las accidentadas calles hasta llegar a los campos y patear la pelota por un rato.
Sin embargo la vida terminó para la familia Polina Ramírez, quienes después de haber perdido a su pequeña, decidieron marcharse destrozados de ese lugar al que habían llegado dos años atrás con la ilusión de vivir mejor.
La madre de Ana Lizbeth apenas tenía trabajando un par de semanas en la ruta 527, su trabajo era revisar el boletaje y los tiempos de los recorridos de los camiones que van de ese sector hasta el municipio de Apodaca.
La silla de la caseta ubicada sobre la calle Vista del Cielo quedó vacía, como quedaron vacíos los corazones de los padres de la niña Ana Lizbeth. El asiento ya se ocupó, pero esos corazones quedarán destrozados por siempre.
Así es la vida después de la tragedia en una colonia popular en donde algunos viven con la ilusión de mejorar y otros sueñan con partir algún día para abandonar la miseria.

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